Sobre la vocación de la sociología en la modernidad líquida

Sobre la vocación de la sociología en la modernidad líquida

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Por Zygmunt Bauman, Universidad de Leeds, Reino Unido
Presentado por John Brewer, Presidente de la Asociación Británica de Sociología.

Publicado en Global Dialogue VOL. 2 / # 5 / AUGUST 2012
http://isa-global-dialogue.net/volume-2-issue-5/

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Zygmunt Bauman se ha convertido en el sociólogo emblemático de la modernidad. Nacido en 1925 en Poznan, Polonia, fue por muchos años un comunista comprometido. Siendo un destacado sociólogo de la Universidad de Varsovia, fue obligado a salir de Polonia en 1968 como resultado de purgas antisemitas. Tomó una posición permanente en la Universidad de Leeds en 1971, donde ha permanecido desde entonces. Los libros que lo llevaron a la fama en las décadas del 80 y el 90 desarrollaron una crítica de la modernidad como forma de racionalidad obsesiva, manifiesta en su forma más extrema en el Holocausto o en el Stalinismo, y de manera más general en la inhabilidad de la racionalidad para tratar con los outsiders. Legisladores e Intérpretes, una de sus obras claves, trata con las formas problemáticas en que los intelectuales se han enredado con la racionalidad modernista y las formas en que podrían liberarse de ella. Si sus libros más tempranos fueron una crítica de la alta modernidad, lo que ahora él llama la modernidad sólida de jerarquías y regulación, los últimos diez años han visto un flujo continuo de libros sobre la modernidad líquida, un mundo de incertidumbre e inseguridad sin precedentes. Zygmunt Bauman se vuelve más prolífico, más profético y más influyente cada día, y oportunamente abre nuestra nueva columna sobre “La Sociología como Vocación.”

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Hace casi un siglo, en el auge de la “modernidad sólida” (decidida, por así decirlo, a construir un orden social libre de las contingencias y las disfunciones que atormentaban a las sociedades occidentales desde la agonía del “antiguo régimen” y el principio de la modernización compulsiva, obsesiva, y adictiva que esto desató), la sociología irrumpió en las universidades con la promesa de servirle a la razón gerencial supuestamente encargada de construir orden. Casi un siglo después, la academia en la cual se estableció firmemente la sociología está siendo empujada, presionada y ordenada por los todopoderosos para hacerse a sí misma útil a los “intereses empresariales” que desde entonces han cambiado su enfoque a una razón gerencial renovada. Puede que los eslóganes y los argumentos hayan cambiado considerablemente, pero las estrategias y las intenciones para investigar y enseñar insinuadas por ellos no lo han hecho. Como resultado, la sociología académica siente poca o ninguna presión para seguir los pasos del mundo cambiante – un fracaso que puede hacer que la profesión sociológica pierda su conexión con y su relevancia para los escenarios públicos de nuestros tiempos, como Michael Burawoy y otros portavoces visionarios y concienzudos de nuestra profesión nos han advertido desde hace más de una década.

Las prácticas seguidas habitualmente en nuestras universidades proporcionan un escudo protector contra los llamados de este tipo: tan atrevidos como lo son, urgentes e imperativos. Debido a los procedimientos establecidos de graduación, ascenso, rotación de personal, auto-reabastecimiento y auto-reproducción, a los cuales la sociología se puede aferrar de manera infinita, es que ella puede permanecer ajena al “mundo cambiante”, y a la menguante y efímera demanda pública de servicios para los que fue diseñada y preparada. Y eso también significa permanecer ajena a las crecientes demandas de un tipo de servicio del todo diferente, que la sociología podría estar en capacidad de satisfacer si revisara su forma y estilo predominante, hecho a la medida de la mentalidad gerencial o tecnológica que se desvanece rápidamente en el pasado. En nuestro mundo cada vez más desregulado, privatizado, e individualizado, hay servicios que se necesitan con urgencia, pero que hasta el momento han sido escasamente prestados y deberían serlo. Servicios que atiendan a lo que Anthony Giddens llamó “life politics” [política de la vida]: esto es, las actividades vitales de hombres y mujeres crecientemente obligados “a buscar soluciones individuales para problemas producidos socialmente” – como Ulrich Beck resumió de manera ejemplar, el desafío más grande con el cual la modernidad líquida enfrenta a las generaciones contemporáneas.

Por más de medio siglo de su historia reciente, y por el hecho de buscar estar al servicio de la razón gerencial, la sociología luchó por establecerse a sí misma como ciencia/tecnología de la no libertad: como un taller de diseño para los entornos sociales que pretendía resolver en teoría, pero de forma más importante en la práctica, lo que Talcott Parsons articuló memorablemente como “la cuestión hobbesiana”: cómo inducir/ forzar/ engatusar/ adoctrinar a los seres humanos, bendecidos/ maldecidos con el ambiguo regalo del libre albedrío, para que sean guiados normativamente y que sigan cursos de acción manipulables rutinariamente y aun así predecibles, diseñados por los supervisores y vigilantes del orden social; o cómo reconciliar el libre albedrío con la predisposición de someterse a la voluntad de otras personas, erigiendo de ese modo la tendencia al “servilismo voluntario”, señalada/anticipada por La Boétie en el umbral de la era moderna, hacia el principio supremo de la organización social. En resumen: cómo hacer que las personas quieran hacer lo que deben.

En la sociedad de hoy en día, individualizada por decreto de fe, con la complicidad de la segunda revolución gerencial (que consistió, en gran parte, en que los gerentes “subsidiaran” sus tareas administrativas a los administrados), la sociología se enfrenta a la oportunidad emocionante y estimulante de convertirse, para variar, en ciencia/tecnología de la libertad: de las formas y los medios a través del cual los individuos-por-decreto y de jure de los tiempos modernos-líquidos pueden ser elevados al rango de individuos-por-escogencia y de facto. O por seguir el ejemplo de la llamada a las armas de Jeffre Alexander: el futuro de la sociología, por lo menos su futuro inmediato, yace en el esfuerzo por reencarnar y reestablecerse a sí misma como política cultural al servicio de la libertad humana.

¿Y cómo llevar a cabo dicho paso? ¿Cuál es la estrategia a seguir? La estrategia consiste en participar en un diálogo permanente con la “doxa” o el “conocimiento del actor” (al cual la sociología, en sintonía con el viejo estilo de la razón empresarial, le negó cualquier valor cognitivo y se propuso a “desacreditar”, “eliminar” y “corregir”), mientras se observan los principios sugeridos recientemente por Richard Sennett en su ensayo sobre el significado actual del “humanismo”: preceptos de informalidad, apertura y cooperación. “Informalidad” significa que las reglas del diálogo no están diseñadas previamente; ellas emergen en el curso del diálogo. “Apertura” significa: nadie entra al diálogo seguro de su verdad y con la tarea de convencer a los otros (poseedores, a priori, de ideas equivocadas). Y “cooperación” significa: en ese diálogo todos los participantes son simultáneamente profesores y aprendices, y no hay ganadores ni perdedores… El precio a pagar colectivamente por desatender colectivamente ese consejo, puede ser la irrelevancia (colectiva) de la sociología.

La sociología, al igual que el resto de la sociedad cuya dinámica debe develar y comprender, actualmente vive – como Keith Tester de la Universidad de Hull sugirió recientemente – en un periodo de “interregno” en el cual las viejas formas de hacer las cosas manifiestan a diario su insuficiencia, mientras que las formas nuevas y más eficaces que se espera las remplacen no han llegado todavía a una fase de planeación. Este es un momento en el que todo o casi todo puede suceder – pero poco, si algo, puede llevarse a cabo con certeza, o incluso con altas probabilidades de éxito. Sospecho que predecir el destino hacia el cual debemos movernos bajo tales condiciones (y menos aún el destino al que estamos sujetos a llegar como resultado) es irresponsable y engañoso, ya que la imposibilidad de que una acción resuelta llegue a las raíces de los problemas líquido-modernos, y la ausencia de agencias que puedan asumirla y llevarla a término, son precisamente lo que define esas condiciones. Esto no significa, sin embargo, que debemos dejar de tratar; pero sí significa que aunque nunca dejemos de intentar necesitamos considerar cada intento sucesivo como otro acuerdo provisional: un experimento más, que debe ser examinado minuciosamente antes de que pueda ser proclamado un “destino final,” o una “realización” de nuestra vocación.

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